Lewis Hamilton ha decidido no pedir disculpas ni morderse la lengua tras su encontronazo con Charles Leclerc en el Gran Premio de México.
Cualquiera que pensase que vestir de rojo transformaría al heptacampeón en un dócil relaciones públicas de Maranello no ha prestado atención a las dos últimas décadas de automovilismo. En la antesala del Gran Premio de Brasil, el británico ha dejado meridianamente claro que no piensa recortar sus opiniones para evitar indigestiones en la cúpula directiva italiana. La información original la ha publicado Motor.es.
Fuego amigo y telemetría selectiva en el garaje rojo
Preguntado sin rodeos sobre si Leclerc saca los colmillos con especial saña cuando divisa el monoplaza hermano en sus retrovisores, Hamilton no vaciló: «Sí. Veo lo que vosotros veis». Para sostener su argumento recurrió a Singapur, donde el monegasco se lanzó al interior de la curva uno frente a Max Verstappen para después ceder terreno, una inusitada cortesía que jamás concede al coche que comparte sus mismos colores.
No se trata de una pataleta de recién llegado. Hamilton recordó que esta misma dinámica fratricida ya dinamitó la armonía interna cuando Sebastian Vettel o Carlos Sainz compartían garaje con el monegasco. A juicio del británico, esa obsesión por batir al vecino antes que priorizar el botín colectivo privó a la Scuderia de firmar un doblete incontestable en el Autódromo Hermanos Rodríguez.
Pulsaciones a 170 y alergia al guion corporativo
A Frédéric Vasseur no le tembló el pulso al tildar los mensajes de radio de México como una falta de respeto hacia los 2.000 empleados de la fábrica. Hamilton, lejos de agachar la cabeza, ha replicado que su consideración hacia la plantilla es intachable, pero se niega en redondo a edulcorar sus sensaciones para satisfacer al departamento de comunicación.
«A 320 km/h y con 170 pulsaciones por minuto no calculas lo que van a redactar los medios de comunicación», zanjó el británico. Aunque reconoce la posición de privilegio que Leclerc ostenta tras ocho cursos y nueve victorias en el equipo, Hamilton dejó una advertencia final sin margen de interpretación: «No voy a dejar que me silencien. Nunca me han silenciado y el equipo tampoco me lo ha pedido».
Gestionar dos egos superlativos mientras el monoplaza suma más puntos que nadie en las últimas cuatro carreras es el peaje habitual de Maranello. Si Vasseur pretendía diplomacia de salón, el asfalto ya se ha encargado de desmentirle; puedes seguir la evolución de este duelo interno en la sección de Competición de MonkyCars y descubrir los entresijos técnicos de la Scuderia en los Reportajes de MonkyCars.
